Algo que contar

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Últimamente me cuesta escribir. Me gustaría ser de esas personas que abren un blog y consiguen publicar varias entradas todas las semanas. O de las que empiezan un libro y cada día, sin faltar una sola vez a su rutina, dejan hecha como mínimo una página. O de las que hablan fácilmente con cualquier persona y se ganan la confianza de todos con su espontaneidad. En definitiva, me gustaría ser de esas personas que siempre tienen algo que contar. Pero no lo soy.

Sí, tengo montones de anécdotas de viajes, de infortunios que se han convertido en motivos de risa entre amigos y familiares con el paso de los años, de aventuras y gamberradas de niña y adolescente… e incluso del hospital (estas son privadas). Pero si las contara ahora, ¿qué ganaría con eso? ¿Qué ganaríais vosotros? Sería hablar por hablar.

Recuerdo a mi editor hace unos meses diciéndome que tenía que ponerme las pilas con las redes sociales. ¡Ya era un milagro que las tuviera! Tenía una cuenta de Facebook que me abrí a los dieciséis años porque mis amigos me picaron con los jueguecillos, y que luego seguí usando por las páginas de humor. Tenía una cuenta en Twitter porque mis amigos se empeñaron en que me hiciera una, y la seguí por las noticias. Y desde hace poco más de un año tengo otra en Instagram por la misma razón, y la he mantenido por las fotos de paisajes. En definitiva, todas esas cuentas fueron producto de la presión grupal. Lo único diferente era mi blog, y me lo hice como una descarga, una pequeña vía de escape de la realidad y de la saga que estoy escribiendo; ni mucho menos pensaba crear una rutina.

Hay escritores de todo tipo, de eso no me cabe la menor duda, pero en general creo que la vocación de escritor pertenece a los solitarios e introvertidos, o por lo menos a aquellos que necesitan momentos de soledad. Y ahora es todo tan diferente…

Si un escritor quiere que su libro se conozca, tiene que moverse, tiene que hablar, tiene que interesar, tiene que aportar cosas nuevas, tiene que darse conocer, tiene que, tiene que, tiene que…

¿Sabéis que creo que tiene que hacer un escritor? Ser él mismo, como cualquier persona. Los escritores hemos escogido las palabras para descubrir el mundo y a nosotros mismos, para transmitir nuestras experiencias, como un reflejo que le da sentido a nuestra vida en una realidad que parece carecer de él.

No soy de las personas que siempre tienen algo que contar. De hecho, salvo en ciertas ocasiones de extrema confianza o porque ese día se me hayan cruzado un poco los cables, soy callada y, cuando digo algo, me critican que hablo en voz demasiado baja. Me gusta el silencio, me permite escuchar.

No soy de las escritoras que cuentan cualquier cosa, no soy de las que escribe libros por doquier buscando con desesperación nuevas fórmulas con tal de ver su obra convertida en un best-seller. Soy solamente yo y mis anécdotas. A veces las cuento; a veces, no. Entretanto, prefiero seguir observando, escuchando todas las historias que quedan por contar.

 

 

 

 

 

 

 

 

Los libros del verano

Abrir un libro es abrir una puerta a un nuevo destino del que lo único que sabemos es que, de una forma u otra, nos dejará huella. ¿Y qué mejor momento para viajar que el verano? ¡Pero ya se nos acaba! Ahora, como si de un buen álbum de fotos se tratara, nos queda el recuerdo de todas nuestras lecturas. ¿Cuáles han sido vuestros destinos literarios favoritos?

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